Madame Z

-Me paga después, don Onésimo- le dijo al hombre que de agradecimiento se le cristalizaron los ojos; para llamarse bruja no era vieja, pero tampoco podrías adivinar su edad, tenía un rostro tan común que jurarias haberlo ignorado cientos de veces y ahí estaba yo, sin poder apartar la vista.

Con un gesto de mano me invitó a pasar, la puerta se cerró dejando como eco sus pasos. Sin poder despejar mi mente de las personas habitando su sala, me senté a contar mi historia.

En su estudio, las paredes absorben mis palabras llenándome de ansiedad que sólo se desvaneció al escuchar su diagnóstico: mi fortuna había sido comprada por una persona desdichada, parecida a la que me había conmovido antes de entrar, por una bruja, como ella.

Tropecé con una nueva paleta de grises, sabía que no era justo, que no todos podíamos ser felices al mismo tiempo pero por qué yo tenía que ser el que sufriera.

El vacío que sentía fue reemplazado por un impulso de egoísmo mezclado con oportunidad, estaba consciente de lo retorcido que era pero no pude rechazar comprar la dicha que, después de todo me había sido arrancada.

Ayer las batallas eran tan largas como un día, ahora Madame Zynya, a contraluz de la ventana, guardaba mi esperanza en un sobre de dinero y mientras marchaba hacia una vida con garantías, la impenitencia nunca cesó de centellear en nuestros ojos.

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